
Petrarca escribió en el poema CIV de su Cancionero:
“¿Creéis que a Pablo Emilio, al Africano,
a César o a Marcelo hicieron tales
fundiendo bronces o martillo en mano?
Pandolfo mío, son obras mortales
esas, mas nuestro estudio soberano
convierte a quienes canta en inmortales”.
Francesco Petrarca, uno de los mejores cultivadores del Dolce Stil Nuovo y de la lírica de corte caballeresca provenzal, fue uno de los principales fomentadores del humanismo proto-renacentista, aún más que el gran Dante. Su sensibilidad, su espiritual devoción hacia Laura, su dama de pensamientos, dio como fruto una obra literaria que sirvió como semilla para el posterior movimiento cultural del Renacimiento, recuperador de los ideales de belleza física y moral de la antigüedad clásica. Ese cambio de paradigma, que daría fin al mundo medieval, y que forjaría una nueva manera de entenderse- más que solamente como un ser humano inserto en la realidad- en las diversas maneras en que lo humano puede comprenderse, como centro de toda realidad posible.
Pero, ¿que inspiraría a Petrarca a llevar a cabo esta profunda tentativa civilizadora?
Nosotros proponemos aquí, que acaso fue el mismo talante intelectual, comprometido con la superación del Medioevo y sus aspectos más oscuros, que tuvo Gianozzo Manetti, el autor de la notable obra “De dignitate et excellentia hominis”, un manifiesto a favor de la libertad de pensamiento y autonomía espiritual de las personas; que combatía directamente un panfleto titulado “De miseria humanae vitae”, escrito por un poco conocido diácono de nombre Lotario di Segni. En este libelo, Lotario, el futuro papa Inocencio III defendería los aspectos más tenebrosos de la Edad Media, esas mismas consideraciones que motivaron, a la postre, su feroz y homicida persecución en contra de la comunidad de albigenses del sur de Francia. Cerca de un millón de personas, acusados de cátaros, perdieron la vida a manos de Inocencio III y su visión medieval del mundo.
Petrarca, al igual que Manetti, trató de dejar atrás esta perspectiva cerrada de la realidad, fomentadora de encono y de violencia. Y en este sentido, tal vez, los cátaros hayan sido los involuntarios germinadores, mártires-crisoles de una nueva manera de pensar, de ese humanismo que dio lugar al mundo moderno: una alternativa más racional, pero sobre todo libre, de vivir y comprender.
Finalicemos con el mismo Petrarca, y un fragmento de su canción CXXVIII:
“Aquí estáis, mas pensad en la partida:
que el alma sola y nuda
aquel sendero pisará dudando.
Y, este valle pasando,
plázcaos deponer el odio insano,
viento contrario a la vida serena;
y aquel que en pena ajena
tiempo se gasta, en acto más humano,
o de ingenio o de mano,
en cualquier alabanza,
en un estudio honesto se convierta,
que así el gozo se alcanza
y la senda del cielo se halla abierta.”




















