Vista actual de la entrada de la iglesia de Rennes-le-Château
En mi
artículo anterior sobre
Rennes-le-Château, concretamente de hace 5 días, prometía escribir el segundo episodio de esta aventura.
Y como lo prometido es deuda, aqui va, en esta ocasión contaré la historia del misterioso Abad Saunière.

Portada del libro de Gerard de Sede
En el artículo anterior hice mención al primer libro que cayó en mis manos escrito por
Gérard de Sede, que se titulaba, en su edición española, igual que los artículos que estoy escribiendo. Sin embargo de Sede había escrito 20 años antes otro libro que llevaba por título
“L’or de Rennes ou la vie insolite de Bérenguer Saunière, curé de Rennes-le-Château” (
París, Juliard, 1967), el cual se publicaría también en edición de bolsillo bajo el sugerente título de “
Le trèsor maldit“.
Precisamente ese primer libro sería el que daría origen al libro de Lincoln, Baigent y Leigh,
“El Enigma Sagrado”, sobre el cual he escrito ya una
primera entrada y os debo la segunda que irá un día de estos.
Pues bien, si El Enigma Sagrado era publicado en 1982, El Misterio de Rennes-le-Château, de Gérard de Sede, se publicaba en el 1988, seis años después, y, según de Sede, tenía por objeto recopilar información que había obtenido en investigaciones posteriores a su primer libro y, al mismo tiempo, rebatir las ideas o teorías de Lincoln y compañía.
En este segundo libro, de Sede, nos cuenta su versión de la historia de Saunière, que será la que servirá de base para este artículo.

François Bérenguer Saunière, el polémico párroco de Rennes-le-Château
François Berenguer Saunière, nació en Montazels, un pequeño pueblecito del Aude, cerca de Espéraza, el día 11 de abril de 1852, el mismo año que sería coronado Napoleón III.
Hijo de una humilde familia, aunque no sin recursos, pues el padre pertenece al servicio del marqués de Cazemajou, es el mayor de siete hermanos, espabilado e inteligente.
Su padre es quién decide que curse estudios religiosos, pues la otra alternativa era la de entrar en la administración, lo que suponía diversos inconvenientes, entre ellos, la posibilidad de un destino lejano.
En junio de 1879 es ordenado sacerdote y empieza su carera como vicario de Alet, continua posteriormente como párroco del decanato del Clat y, finalmente, ingresa como profesor en el seminario de Narbonne. Su carrera era prometedora y brillante, pues este último traslado parecía ser la antesala al canonicato.
Sin embargo, en Narbonne, su estancia es breve. Su carácter orgulloso y su espíritu rebelde no es apreciado por sus superiores que, pronto, lo envían a una especie de exilio a un pueblecito cuya parroquia es considerada de segundo grado. Este pueblo se llamaba Rennes-le-Château.
Bérenguer llega por primera vez a Rennes-le-Château el día 1 de junio de 1885, con 33 años en su haber, y se encuentra con un pueblo que, en ese momento, cuenta con 300 habitantes, todos dedicados a la agricultura. Como nos cuenta de Sede: “Para llegar al pueblo, hay que trepar durante más de tres kilómetros, por un penoso camino en zigzag. Allá arriba, uno se siente, por así decir, aislado del mundo”.

Vista actual del interior de la iglesia
Lo primero que se encuentra es con una iglesia, del 1059, dedicada a
Sainte-Marie-Madeleine, en un estado ruinoso. La bóveda se está hundiendo, por deterioro del tejado, y durante la misa es probable que, pastor y ovejas, salgan remojados si llueve. Por lo que se refiere al presbiterio, está tan derruido que es totalmente inservible, lo que obliga al cura a alojarse en casa de una vecina,
Antoinette Marre.
El primer acontecimiento que celebra le juega también una mala pasada, pues el país se encuentra en vísperas electorales y, el cura realiza un sermón politizado totalmente intempestivo, lo cual provoca la reacción del prefecto del pueblo y, debido a sus informes, el estado deja de suministrarle al cura su paga, como castigo a su “militancia reaccionaria”.
A esto se le añade que el presupuesto para la reparación de la iglesia asciende a unos 6.000 francos oro, cuando su paga debía ascender a unos 75 francos mensuales.
Saunière, que es de complexión atlética, empieza a buscarse la comida a base de pescar en el río y cazar en el bosque.
Por otro lado, siente otras necesidades, como la del saber, que le empujará a dedicar horas a estudiar griego, sumándolo a su perfecto conocimiento del latín. O la necesidad más humana, propia de un hombre jóven y vigoroso, que, en esos tiempos no despiertan más que comentarios jocosos de un pueblo que, perdido el miedo a la iglesia, concede al sacerdote las mismas debilidades que cualquier otro ser mortal.

Foto de amigos, en el pueblo, Saunière, de pie, en el centro
En esta situación, una joven de Espéraza, de 18 años, abandona la sombrerería en la que trabaja para entrar al servicio del sacerdote. Esta joven, llamada
Marie Denardaud, ya jamás se separará de él, ni siquiera después de la muerte, pues sus cuerpos descansan en tumbas contiguas, en el minúsculo cementerio del pueblo.
Con toda esta situación planteada, se llega al primer enigma. La situación que más angustia a Bérenguer es el lamentable estado de la iglesia. Ya ha empezado el año 1886 y él sigue sin cobrar su sueldo, pero, de pronto, hace un adelanto de 518 francos oro para el inicio de las obras.
Nadie sabe de donde sale este dinero. Él pretendería justificarlo, más tarde, como que había sido un donativo de la condesa de Chambord, aunque ésta había fallecido precisamente ese año 1886.
De Sede nos propone una teoría: “La explicación más probable, aunque no demostrada, es que se trataba de un legado hecho a la parroquia por uno de los predecesores de Bérenguere, el abate Pons, párroco de Rennes-le-Château durante el Segundo Imperio, curioso personaje que se hacía pagar por curar ‘milagrosamente’ a los enfermos juzgados incurables. En efecto, en esta región apartada, era corriente en aquella época, y sucede aún en nuestros días, que acudiese para curarse al ‘breich’, es decir, en lengua occitana, el brujo.”

El pilar visigodo, con la Cruz del Silencio
Sea como fuere, Saunière, inicia las obras y, como no, las empieza por el lugar más importante del templo, el altar.
El altar se trata de una simple mesa de piedra sostenida por un pilar esculpido que, seguramente dataría del año de la consagración de la iglesia, es decir 1059, si no era procedente de alguna iglesia anterior que ya hubiese estado en su lugar.
El pilar que sostenía la piedra se trataba de una talla de época visigótica, según se ha podido comprobar comparándolo con otros similares que se conservan en Narbonne y Toledo. En su parte frontal ostenta la “Cruz del Silencio”, así llamada por los godos. Durante las obras, Saunière, hizo colocar ese pilar al revés, delante del presbiterio, coronándolo con una estatua de la Virgen de Lourdes y con una inscripción en dos líneas, en su base, que reza la expresión “MISSION” en una línea y “1891″ en la otra. Actualmente este pilar se encuentra en el Museo del pueblo.
Este tipo de pilares, en su parte superior, o sea la que ahora mismo está en el suelo, solían llevar un agujero, llamado “capsa”, en cuyo interior se solían guardar las reliquias de algún santo.
Según nos cuenta de Sede en su libro: “Por lo demás, fueron en efecto reliquias (pequeños fragmentos de huesos) lo que el campanero Antoine Captier encontró y entregó a Saunière cuando éste hizo desplazar el altar primitivo para colocar en su lugar el nuevo, el que se ve en la actualidad”.

Marie Denardaud, desde los 18 años nunca se separaría de Saunière
Otra de las obras que decidió emprender el cura fue la de retirar todo el pavimento de la nave y del coro para colocarlo nuevo. Según de Sede le ayudaron seis personas, su fiel sirviente Marie, el propio contratista, Élie Bot, dos albañiles, Pibouleau y Nazaire Babou, y sus dos monaguillos, Rousset y Antoine Verdier. Según de Sede:
“Estos últimos vivían todavía cuando yo inicié mi encuesta”.
Sin embargo estas obras serían las que desencadenarían todos los acontecimientos y especulaciones posteriores, pues durante las mismas, aparecieron unos viejos pergaminos. El lugar exacto donde fueron encontrados, aun hoy, es un misterio. En la iglesia existe un balaustre, aún hoy en día, pues pertenece a la familia Corbu-Captier, de la época del renacimiento, de madera hueca, cuyo capitel está decorado con hojas de granado. De Sede nos especifica que la familia Corbu-Captier era la legataria universal de Marie, “la criada y amante de Saunière”.
El misterio del lugar donde fueron encontrados los pergaminos es importante, pues como especifica el propio de Sede, no serían de la misma época o procedencia si hubiesen sido encontrados en la “capsa” del pilar visigótico, que si hubiesen sido encontrados en el balaustre de madera.
Pero para terminar el capítulo de hoy, relataré lo que nos cuenta de Sede sobre los acontecimientos inmediatamente posteriores al descubrimiento de los pergaminos:

La Losa de los Caballeros
“Después del descubrimiento de los pergaminos, Saunière, prosigue sus trabajos en la iglesia. Ayudado por dos de sus albañiles, desplaza una losa siutada delante del altar. Se trata de una losa esculpida, colocada al revés, es decir, con la cara trabajada vuelta hacia el suelo. A la vista de lo que había debajo, el abate Saunière despidió a los dos albañiles presentes, con el pretexto de que era la hora del desayuno. Pero a estos últimos les había dado tiempo a ver una ola llena de objetos brillantes. Uno de los albañiles le preguntó lo que era y él respondió: ‘son medallas de Lourdes’. Y como el albañil expresase su deseo de quedarse con algunas, el abate le dijo: ‘No tienen el menor valor y no obtendría nada de ellas’.
Esa losa, llamada ‘Losa de los Caballeros’, sigue existiendo y se puede admirar en el pequeño museo de Rennes-le-Château. Pertenece a la época merovingia o carolingia y está formada por dos paneles. En el de la izquierda, figura un personaje a caballo, tocando la trompa, mientras que el animal, en reposo, parece beber. En la derecha, están representados dos caballeros sobre el mismo caballo.
Al levantarla, el abate descubrió un pequeño tesoro. Las pretendidas medallas de Lourdes eran en realidad monedas antiguas.”
Bien, dejo hasta aquí el relato, que proseguiré en una posterior entrada, continuando con la vida y peripecias de este “modesto” cura de pueblo.